El Pantanal Boliviano debe entenderse en función de sus
interrelaciones. Todo en la región depende de ellas: la
existencia de ríos, corrientes, curiches, lagunas, la presencia
de vegetación y fauna específicas, la existencia
de zonas permanentemente y estacionalmente anegadas, la existencia
de bosques, bañados y serranías, el flujo de corrientes
superficiales, subsuperficiales y subterráneas y lo que
es más importante, la vida y sustento de las comunidades.
Todos estos aspectos, interactuando entre sí, dan como
resultado la región pantanera, que solo puede entenderse
como un sistema altamente complejo y de equilibrios altamente
sensibles.
En los últimos años se ha empezado a hablar con
fuerza de corredores: de exportación, bioceánicos,
biológicos, de integración, energéticos.
Constituyen parte del proceso de globalización, que puede
definirse como una plétora de flujos, redes y corredores,
cuyo factor común es el movimiento y lo que se mueve es
la población y los capitales. Los flujos requieren de las
redes de infraestructura. Estas redes tienden a concentrarse en
vías centrales, que son los corredores.
Así, los corredores, como expresión de la globalización
son diseñados para el flujo de cargas, de recursos y de
personas. Estos flujos pueden romper los tejidos comunitarios,
ambientales, familiares, organizativos. Estos corredores incorporan
obras de infraestructura, pasos de frontera, gasoductos, oleoductos,
hidrovías, minería y otras industrias extractivas.
Uno de los principales corredores de Sud América atraviesa
el Pantanal Boliviano: se trata del Corredor Interoceánico,
del cuál forma parte la carretera Santa Cruz-Puerto Suárez,
con su ramal Concepción San Matías, destinado al
transporte de cargas brasileras hacia el Pacífico. La Hidrovía
Paraguay-Paraná es otro de los corredores Norte Sur. Los
gasoductos Santa Cruz-Sao Paulo y Río Grande-Cuiabá
son también corredores energéticos que concretan
la extracción de hidrocarburos y minerales de Bolivia hacia
los centros industriales del Brasil.
Joaquín Aguirre y los pioneros que fundaron Puerto Suárez
buscando una salida al mar para Bolivia a través del río
Paraguay, soñaron en convertir la región en un polo
de desarrollo, o una región industrial, de comercio y empleo.
Hoy la región se encuentra muy lejos de esos sueños
y el Pantanal Boliviano corre el riesgo de convertirse en un territorio
en venta, donde se otorguen, a propios y extraños, concesiones
de explotación para llevar los recursos de la región
hacia otras latitudes, dejando a cambio, contaminación,
destrucción y expulsión de comunidades.
Esto es lo que está sucediendo con la carretera Santa
Cruz-Puerto Suárez, aún antes de que haya empezado
propiamente la construcción, con la rápida invasión
de ganaderos brasileros que están adquiriendo tierras en
la zona de frontera y más allá, convirtiendo bosques
en estancias de ganadería intensiva, instalando hornos
de carbón en base de palmeras y troncos, cuya producción
cruza diariamente la frontera y está provocando la expulsión
de los pobladores a lo largo del corredor.
Por otro lado, cuando se construía el gasoducto a Brasil,
hace un par de años, la población del Pantanal creyó
que por fin había llegado el soñado desarrollo.
Algunos trabajaron como peones en los campamentos por salarios
mínimos, discriminados por la empresa constructora. Se
generó cierto movimiento económico en la región
por la adquisición de algunos insumos, los vehículos
iban y venían y también llegaron los problemas.
Toda aquella gente agrupada en los campamentos, proveniente de
diferentes regiones de Brasil y Bolivia consumía alimentos,
agua, provisiones de las pequeñas tiendas de los pueblos,
presionaba sobre los recursos naturales, sobre los pocos servicios
existentes y sobre la tranquila vida de sus habitantes, generando
escándalos y riñas.
Hoy todo aquello quedó atrás. Los pocos empleos
que se generaron mientras duró la construcción no
existen más y en su lugar se empiezan a ver efectos que
no fueron previstos ni por los constructores ni por los pobladores.
Por esto, recientemente, el Comité Intercomunal de Defensa
de los Recursos Naturales del Pantanal oficializó el reclamo
que venía haciendo la población de Yacuses a la
empresa Gas TransBoliviano, dueña del gasoducto, por el
desecamiento de la Laguna del mismo nombre.
Se trata de una laguna natural que fue profundizada varios años
atrás con el fin de extraer material para la construcción
del terraplén del ferrocarril. Esta laguna y la que se
existía en la población de Palmitos se convirtieron
en centros de recreación de la región. La comunidad
Yacuses ubicada a 15 Km de Puerto Suárez se convirtió
en un punto de encuentro social y centro de recreación
de las poblaciones aledañas y de Puerto Suárez.
La población de Yacuses atendía a los visitantes
ofreciéndoles servicios de alimentación, refrescos,
descanso, implementos deportivos, juegos. El lugar era un centro
social, el único de la región.
No es fácil comprender la importancia de un centro como
la Laguna Yacuses cuando se vive en ciudades que ofrecen muchas
alternativas de esparcimiento. Pero es necesario situarse en la
vida del poblador rural del Pantanal Boliviano para comprender
la importancia de la pérdida, no solo en términos
económicos, sino en el ánimo de la gente, cuya vida
es ya muy difícil, por las escasas oportunidades de lograr
algunos ingresos familiares. Si bien se trata apenas de un caso
de pérdida de una laguna, vital para la comunidad, impactos
como éste pueden afectar la motivación de la comunidad
hacia la conservación de su territorio y originar a mediano
plazo la migración de sus habitantes.
Una obra de infraestructura como el gasoducto Bolivia-Brasil,
para la cuál fue necesario desboscar 30 metros a lo largo
de los 557 Km que recorre en Bolivia, enterrada a un metro y medio
a dos de profundidad, interrumpiendo innumerables corrientes superficiales
y subsuperficiales de agua, lagos y lagunas, pasos de fauna, sistemas
de vegetación, ríos subterráneos, no puede
sino convertirse en una especie de redistribuidor de flujos, donde
el agua es conducida a otras zonas o a su desembocadura, lo que
derivará en la desecación de lagunas y corrientes,
tal como ocurrió en Yacuses. Si esto sucede en años
con baja pluviosidad, como el año de la construcción,
los desequilibrios serán permanentes.
Es este el desarrollo que la población del Pantanal Boliviano
esperó durante muchos años? Se puede pensar en desarrollo
sostenible en el marco de este esquema de obras de infraestructura
planificadas para el Pantanal Boliviano? Es esta la única
forma de “desarrollo” posible? Los pobladores de la
región, más allá de intereses locales y autoridades
regionales no han sido consultados sobre sus necesidades reales
de transporte, insumos, capacitación, y otras que pudieran
favorecer procesos de sostenibilidad económica, ambiental
y política. La gestión de los recursos naturales
de la región debe enmarcarse en el ámbito de la
cuenca alta del río Paraguay, con la participación
de su gente.
A pesar de lo anterior, pobladores de Yacuses, Motacusito, San
Salvador, El Carmen de la Frontera, San Pedrito, Chalera, Palmitos
y otras comunidades del Pantanal han iniciado procesos de valorización
de sus recursos, a partir de la reafirmación de su identidad
pantanero, cuyo origen se remonta y confluye con los viajes de
exploradores, de pueblos nómadas de las llanuras bajas,
de flujos migratorios de Occidente y como no podía ser
de otra manera, con el natural intercambio en la frontera, varias
veces modificada por intereses nacionalistas geopolíticos.
Asi, este trabajo documental, es también fruto de la interacción
de las poblaciones que habitan en el Pantanal Boliviano, de sus
sueños, más sustentables que de los viajeros del
siglo pasado, más entrelazados con su territorio, con el
río y la bahía, con los pantanos y serranías,
con los curiches, con el totai, el garabatá, la capibara,
el tigre y el tuyuyu, con sus historias y tejidos, con su decisión
de vivir en la tierra en que nacieron, mostrando tal vez a viajeros
modernos, de manera autogestionaria, su enraizamiento en el territorio
del Pantanal en Bolivia.