Publicado el 2011-12-18

Los kuna yala de Panamá

Luis Manuel Arce Isaac

En el Caribe panameño, desde la provincia de Colón a Darién, hay una larga faja de territorio costero con poco más de tres mil 200 kilómetros cuadrados, que debería ser considerada historia viva de la etnografía nacional. Frente a esa delgada franja del litoral hay 365 islas que forman el archipiélago de San Andrés, famosas por sus cocoteros.

En ambos, islas y continente, está asentada la Comarca Kuna Yala o Dunelega, uno de los 60 pueblos originarios istmeños, y el segundo más numeroso después de los ngöbe buklé entre los siete que sobrevivieron a la conquista española. Son apenas 53 mil individuos en total con el mérito de haber llegado hasta nuestros días casi como vivían en su remoto origen.

La mayor parte de ellos vive en 38 islas y los menos en tierra continental, pero sólo 50 islotes no están activos, pues los demás son utilizados en plantaciones de cocoteros para extraer copra que por siglos han intercambiado con mercaderes colombianos.

Los grupos continentales son menos visitados por turistas debido a lo escabroso de su hábitat y la poca voluntad del foráneo de lidiar con la fatigante cordillera de San Blas o la exuberante vegetación y peligrosa fauna del Darién. Su cultura, por tanto, está menos contaminada.

Las aldeas en sentido general son pequeñas y van del centenar a los cuatro mil 500 individuos con una organización social única. Cada comunidad tiene su jefe (sahila), sus legisladores y realizan un congreso general dos veces al año para discutir asuntos comunitarios y elegir los caciques.

Viven felices porque su ancestral forma de vida conserva los rasgos primitivos aún cuando algunos tienen españolizados sus nombres, usan reloj pulsera, otros tienen celulares, y las mujeres en sus adornos a veces exhiben cuentas de plástico en lugar de las antiquísimas semillas silvestres.    Sin embargo, en su vestuario las mujeres respetan de manera muy firme la tradición, visten camisa de mola (un tejido manual) con figuras alusivas a la fauna y flora que las rodea, y faldas de tres yardas anudadas a la cintura de colorido variado y resaltante.

Se adornan con aretes redondos de oro, se pintan las mejillas de rojo y se delinean la nariz con tinta negra de \"jagua\" cuyo tabique traspasan con una argolla también de oro como los collares, y utilizan pulseras y tobilleras de chaquiras. Cuando salen, cubren sus cabezas con una pañoleta roja y amarilla.

La lengua autóctona sigue viva en ellos y entre sí no hablan español. Sus ceremonias y fiestas guardan ese aire ancestral que transmiten en sus pequeños cuerpos y gestos cuando bailan en círculos agarrándose por la cintura, imitando movimientos de animales o escenas de la vida diaria.

Las noga koppe, como ellos llaman a esas danzas típicas, son bailadas al compás de una música monocorde salida de flautas rústicas de bambú y maracas o nasisi elaboradas por sí mismos. No hay fiestas conmemorativas, sino imprescindibles, y casi todas relacionadas con la mujer ya que rige el matriarcado. Para ellos el nacimiento de una niña es motivo de alegría, pues es la que garantiza la continuidad genealógica.

La fiesta del Ico-Inna  o de la Aguja, se celebra cuando se practica la perforación del tabique nasal de la nena para la argolla de oro, y se realiza en el seno familiar. La Inna-Suit  o primer corte de cabello a los cuatro o cinco años de edad, es más social porque ahí se le confiere su primer nombre.

La tercera, Inna-Muustiki (inicio de la pubertad), celebra el momento de la primera menstruación y marca que la doncella es apta para la maternidad. En ese momento se le cambia su nombre de niña por el de mujer, y es el que llevará durante toda su vida.

Finalmente está la ceremonia nupcial cuando el novio se traslada a casa de la futura esposa acompañado de un grupo de jóvenes quienes entonan cantos alusivos a su condición de casado. Allí el novio es sentado en una hamaca en compañía de la joven para ser confrontado por los presentes.

Lo simpático es que durante el ritual -entre cuatro a cinco días- el suegro somete al pretendiente a diversas pruebas a fin de establecer su capacidad para afrontar los retos del matrimonio y, aunque hay bromas, se trata de algo muy serio.

Cuando ya ha pasado satisfactoriamente todas las pruebas, al futuro marido se le recompensa con una bebida de plátano fermentado llamada \"chucula\"  que le autoriza regresar a casa de su familia, buscar sus herramientas e instalarse en su nuevo hogar con la amada.

Lo más hermoso de toda esa tradición, por supuesto, es la gente que la practica, y lo más importante, que han logrado sobrevivir también a la modernidad, a veces tan destructiva como la conquista europea que hace cinco siglos los diezmó.

El autor es corresponsal de Prensa Latina en Panamá.


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