Publicado el 2010-12-07

Un puente a costa de un pueblo

Lupe Cajías

Desde hace meses, ahora con mayor insistencia y decisión, se anuncia la construcción de un puente que en teoría unirá a las poblaciones de San Buenaventura y Rurrenabaque, a los departamentos de La Paz y el Beni, a las tierras altas con las tierras bajas del oeste de Bolivia. Un puente, un camino, siempre despiertan el entusiasmo de los pobladores porque suelen suponer por sí mismos el potencial de desarrollo económico y de la comunicación con mercados más amplios, con otros paisajes, con otras poblaciones, con otros seres humanos. El puente, se supone, une, enlaza. Una zona que planea atraer más turistas o visitantes necesita ese tipo de conexiones.

Es indudable que abrir también tiene sus peligros. Un líder chino pronosticó que bajar las murallas tangibles o invisibles de su territorio atraería a las mariposas, el color y la alegría. Al mismo tiempo y por la misma ventana entrarían las moscas, moscardones y mosquitos; en otras palabras, junto con la luz aparecerían fatalmente las sombras. Así, unir dos sitios apartados puede facilitar el comercio de churrascos o duraznos, pero también puede aliviar los obstáculos al tráfico de mercadería ilegal que en general en estos tiempos se llama cocaína, precursores, pozas de maceración, quienes la fabrican, quienes la consumen, todo con un alto grado de descomposición social y de violencia.

Renglón aparte merece el impacto del cemento en la tierra fecunda. La desaparición de la floresta, de matas y de árboles, el cambio del curso de los ríos pueden traducirse en una herencia negativa. Acceder a mercados, por el lado positivo, puede transformarse en la pérdida paulatina o repentina del agua clara y abundante, de los árboles floridos, de los dones de la naturaleza, sobre todo en la Amazonia.

La apertura puede tener un resultado perverso si incluye en su diseño y en su implementación otros factores, cada vez más necesarios de tomar en cuenta: ¿Por dónde pasa el os de los dones que da la naturaleza en muchos sitios, sobre todo los más amazónicos, el camino, la carretera, el puente? ¿A quién o a quiénes afecta? ¿Cómo limitar los daños colaterales?

En la semana que termina tuvimos dos ejemplos diferentes. La esperada inauguración de los Puentes Trillizos en La Paz acentuó el orgullo local, el sentimiento de una ciudad que avanza a la modernidad sin descuidar el rito, la hermandad. Unir no sólo para el paso de vehículos, sino para mejorar la calidad de vida de los habitantes de barrios otrora marginales, aislados. Sin quitar atención a las zonas más favorecidas, se dio felicidad a las laderas paceñas. El festejo fue total, hasta divertido.

El caso del puente entre San Buenaventura y Rurrenabaque es el ejemplo contrario. El diseño pasa por medio de la población beniana, un pueblo que ha logrado ser habitable, con buenos servicios, con una Alcaldía gobernable, con atracción para el visitante, con su propia dinámica de Desarrollo Humano muy superior a sus vecinos.

Parecería que las autoridades nacionales, sobre todo las de Caminos, quizás más por razones políticas que técnicas, están empeñadas en construir un puente que partirá al pueblo. ¿Por qué insistir en esta propuesta tan conflictiva?

Periodista e historiadora, fuente diario La Prensa


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